lunes, 9 de febrero de 2009

¿Qué nos queda a los jóvenes?


Por: Millizen Uribe

El nombre de Mario Benedetti definitivamente está en la lista de mis poetas favoritos. El amor, el desamor, las inquietudes sociales, políticas y culturales son magistralmente expuestas por la pluma del escritor uruguayo.

El tema juventud no es la excepción. En el poema ¿Qué les queda a los jóvenes? Benedetti describe perfectamente esa pregunta cuasi existencial que toda persona el estar en la juventud se hace: ¿Qué voy a hacer con mi vida? Y, con toda esa magia que hay en sus letras, el poeta responde con una certera invitación a ir más allá de las drogas, el grafitti, el alcohol, el consumismo y las discotecas y, en cambio, ser jóvenes con habla y con utopía, a vivir sin prisa, pero con memoria, a situarnos en nuestra historia, a convivir con la madre naturaleza, a ir por las calles siendo solidarios y a construir el futuro.

El sábado se celebra el Día de la Juventud y sé que muchos jóvenes, y hasta aquellos que no son tan jóvenes, se estarán haciendo la referida pregunta de qué hacer con su vida. Superar el estigma que se nos pone (vacíos, inmaduros y boncheros), hacer de nosotros la coyuntura actual y disponernos a trabajar para cambiar el panorama y construir un mejor país, un nuevo mundo con mejores seres humanos, es para mí una recomendación esencial.

Acá les dejo el poema completo:

¿Qué les queda a los jóvenes?

¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco? ¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo? también les queda no decir amén no dejar que les maten el amor recuperar el habla y la utopía ser jóvenes sin prisa y con memoria situarse en una historia que es la suya no convertirse en viejos prematuros.

¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de rutina y ruina? ¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?les queda respirar / abrir los ojos descubrir las raíces del horror inventar paz así sea a ponchazos entenderse con la naturaleza y con la lluvia y los relámpagos y con el sentimiento y con la muerte esa loca de atar y desatar.

¿Qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de consumo y humo? ¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas? también les queda discutir con dios tanto si existe como si no existe tender manos que ayudan / abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno /sobre todo les queda hacer futuro a pesar de los ruines de pasado y los sabios granujas del presente.

Mario Benedetti

“Vamos a jugar al Ladrón y al Policía”


Por: Crystal Fiallo

"Vamos a jugar al Ladrón y al Policía”, gritábamos los muchachos/as de la calle ciega llamada Gala, cerca del club de Codetel. Fue en ese club donde todos los muchachos/as del sector nos deslizamos por el tobogán, cruzamos el puentecito de madera, celebramos cumpleaños en los quioscos y soñábamos con una piscina. En los alrededores, nos bañábamos en la lluvia y montábamos bicicleta por el parquecito.

El Ladrón y el Policía era uno de mis juegos favoritos: perseguir y ser perseguida era una adicción a la que pocos niños/as nos podíamos resistir. Eso de jugar muñecas y cocinita eran cosas que solía hacer en mi tiempo libre. Sentía que los juegos de “calle” eran juegos reales. Eran verdaderas dinámicas que me entrenaban para la batalla. Pero eso sí, cuando sonaba la campanita de los helados “el corre corre” se armaba y el mundo de repente se paralizaba para todos los niños y niñas.

El heladero se convertía en nuestra presa y lo asfixiábamos de peticiones e indecisiones sobre colores y sabores hasta conseguir ese preciado producto frío que tanto nos refrescaba después de tanta “carpeta”. Entre la temperatura y el azúcar, recuperábamos la energía suficiente para seguir personificando a los ladrones y a los policías.

Las reglas del juego consistían en lo siguiente: nos dividíamos en dos equipos, unos hacían de Policías y otros jugaban a ser los ladrones. Unos peleaban por ser los defensores de la justicia, y los demás anhelaban ser los rebeldes que quebrantaban las reglas de la sociedad; ah, y claro, como olvidar el calabozo el cual era elegido por todos para apresar a los hoy llamados “imputados”.

Lo ideal era que siempre ganaran los uniformados, los hombres que pretendían defender las leyes, pero no siempre era así. Bastaba con que el equipo de los ladrones fuera bastante atlético o con buenas estrategias como para escapar y burlar a los Policías.

Ahora que lo pienso, era bueno que desde pequeños supiéramos que no siempre los policías serian los vencedores: pero no porque los ladrones fueran ágiles o no, sino porque en nuestra sociedad no sabemos distinguir entre uno ni el otro: quien hace lo correcto o lo incorrecto; quién respecta las reglas y quién no. Pero, ¿y entonces? ¿Quién podrá defendernos?

Propongo que el nombre de este juego sea modificado. Ahora, la pregunta del millón es: ¿cómo podemos denominarlo?: “Los Ladrones”, o “El Ladrón y/o El Policía”, o simplemente “La Policía”, que tal “La Policía y la Ciudadanía”, ¿les parece? El problema va más allá de un simple “juego de calle”; esta aberración afecta a las futuras generaciones y es un quebrantamiento institucional peor de lo que muchos imaginan.

Cuando un cuerpo de oficiales, asignados para custodiar una nación y defender a los ciudadanos/as de cualquier desorden público, se corrompe, las posibilidades de desarrollo se ven obstaculizadas en un alto porcentaje. Esto se debe a que: (1) el clima de inseguridad ahuyenta las inversiones tanto nacionales como internacionales; (2) intimida a la ciudadanía y su inclusión en la sociedad civil contestataria; (3) incremento de la violencia por no haber obstáculo estatal; (4) legitima la corrupción; (5) nos proyecta como un destino inseguro para cualquier viajero y, (6) refleja un desorden institucional sediento de intervenciones foráneas que lo único que trae como resultado es que perdamos parte de nuestra soberanía.

El caso de la Policía de La Paz, Bolivia y su interacción con los mercados dirigidos por las “Maestras Mayores” y los Policías asignados en distintos puntos del mismo, es un ejemplo de cómo un solo cuerpo gubernamental puede contaminar toda la dinámica de una nación. Los oficiales Bolivianos abusaron de su poder hasta el punto de que era una de las razones principales por la cual el mercado y sus vendedores/as se encontraban estancados y envueltos en actos que pasaban desde altos impuestos cobrados por la misma Policía, manipulaciones de poder, hasta favores sexuales como ritual para obtener aprobación o cambios en asuntos del mercado.

Eso no es lo peor, lo grave es que, cuando el ex alcalde McLean decidió trabajar, en el 1991, en reformar este departamento y su interacción con el mercado de las “cholitas”, los Aymara (una de las tribus de Bolivia que representan la mayoría en la provincia de La Paz) y los demás vendedores se opusieron, puesto que entendían que todo estaba bien tal y como ellos lo conocían y que hasta ahora había funcionado perfectamente. Se conformaban con un sistema que estaba corrompido por miedo al cambio y lo único que habían aprendido y conocido hasta la fecha era eso que los consultores de McLean llamaban corrupción.

La corrupción no solo son actos tipificados en normas legales. Es una deformación que se adhiere a nuestra cultura (como pasó en La Paz) y que cada vez se hace más complejo luchar contra ella.

Es necesario que las autoridades se unan a la lucha contra este mal, identificando las soluciones posibles para cada uno de los departamentos que componen la burocracia dominicana, porque no sólo es en la Policía Nacional.

La ciudadanía en general, en crudo, hagamos eco de esta situación y frenemos este descalabro nacional. Invitemos a cambios radicales estructurales donde dignifiquemos el trabajo de aquellos oficiales que si creen en su labor y formemos una nueva camada de ciudadanos/as comprometidos con el orden y la paz.

No más comisiones que no generen resultados sustanciales. No más esperas mientras indultan, mientras se extorsionan a ciudadanos y mientras los jóvenes materializamos la esperanza en un ticket de avión. Sumo estas palabras al artículo “Policías o Criminales” de Nassef Perdomo, porque se que nuestra preocupación va de la mano.

¡Hay que limpiar la casa!

martes, 27 de enero de 2009

Y el sueño se hizo realidad

Por: Millizen Uribe

El 28 de agosto del año 1963 un ministro de la iglesia bautista y activista del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos se atrevió a decir en voz alta su sueño. En ese entonces las personas negras no eran vistas como ciudadanos, por eso se les negaba el derecho de entrar a los cines y a los restaurantes. Había escuelas para niños negros y para niños blancos. Si se montaban en un tren tenían que ir parados. La discriminación era tan fuerte que se sentía hasta en los baños públicos ya que había baños para gente negra y otros separados para las personas blancas.

El panorama era muy tétrico por lo que pocas personas se atrevían a soñar con un día en que estas situaciones cambiasen y el mundo fuese diferente. Pero Martín Luther King se atrevió a soñar y a luchar por el cambio. El ministro y activista civil soñó “con la llegada del día en que las niñas y los niños negros puedan unir sus manos con las niñas y los niños blancos, como hermanas y hermanos.”

En ese entonces supongo lo mucho que atacaron a Luther King. Apuesto a que iluso, loco y hasta rebelde fueron las palabras más usadas, inclusive por sus familiares y amigos, para describirlo en la lucha por su objetivo.

Mas él no se detuvo. Soñó y luchó por un sueño que aunque en ese entonces no vio realizarse, hoy 20 de enero, cuando un negro llega a la Presidencia de los Estados Unidos, en una gran parte se hace realidad.

Siglos atrás esta media isla no era una nación independiente. Su propiedad se debatía entre españoles, franceses y haitianos, por lo que pocos criollos se atrevían a soñar con un día en que este territorio fuere una nación libre. Sin embargo, Juan Pablo Duarte, los Trinitarios y otros hombres se atrevieron a soñar con una República Dominicana. Lucharon por independizar la media isla y construir una nación.

Hoy día, cuando el desempleo, el alto costo de la vida, la inseguridad ciudadana, la violencia, el déficit de energía eléctrica y la baja calidad de la salud y la educación pública azotan el país, se hacen necesarios hombres y mujeres que se atrevan a soñar con una mejor nación.

Hombres y mujeres que no teman ser tachados de ilusos, soñadores y rebeldes. Hombres y mujeres dispuestos a trabajar para que así como el sueño de Martín Luther King, que en ese entonces parecía imposible, hoy se hace realidad, llegué el día en que el sueño de Duarte, de una nación libre, justa, próspera e independiente, deje de ser un sueño y se convierta en una dulce realidad.

Un poco de teoría

Por: José Carlos Nazario

El economista Joseph E. Stiglitz dijo en una entrevista reciente que “la crisis de Wall Street es para el fundamentalismo de mercado, lo que la caída del muro de Berlín para el comunismo”. Esta frase marca una pauta interesante y que no podemos obviar. Sin duda se impone una nueva era económica ante la insuficiencia demostrada por la teoría económica neoliberal. Treinta años (de mucho pesar) han bastado para aclarar a los abanderados de las recetas neoclásicas que su visión global es insostenible. La mano invisible del mercado, con su supuesta autorregulación perfecta, resultó ser tan incierta como el futuro económico global. Hoy nos vemos en la necesidad de mirar hacia el Estado y, sobre todo ellos, de pedir intervenciones millonarias que salven sus arcas.

En momentos como este, con la reciente llegada de un presidente hijo de la crisis a la Casa Blanca, podría ser interesante echar una mirada al neo-keynesianismo. Bajo esta visión teórico-económica la producción dejaría de estar dominada por el interés del mercado (siempre al servicio de los que más posibilidades tienen) y pasaría a enfocarse en inversiones con un mayor sentido social, que permitan crear un clima de igualdad de oportunidades. Hablamos de un nuevo impulso a las acciones redistributivas desde el sector público que germinarían en los terrenos de la educación, salud, vivienda, pensiones, entre otros.

Un impulso integral en esa dirección dejaría ganancias, sobre todo, a las sociedades latinoamericanas, cuyos estados y economías han permanecido casi siempre al servicio del mercado y con esto, han generado una secuela de desigualdades y falta de oportunidades.

Consecuencias estas, que en la última década se han hecho sentir en diversas modalidades de descomposición social. Un Estado que no invierte en sus ciudadanos y ciudadanas no tiene razón de ser.

Esperemos que con el nuevo escenario y la crisis, terminen por darse cuenta de que existen fallas de mercado y se generen ideas que logren dictaminar lo que desde hace tiempo hemos considerado una necesidad: Un modelo económico que garantice un mínimo de calidad de vida para todos.

lunes, 5 de enero de 2009

2009 "El año de la juventud"



Por: Guillermo Peña C.

Rusia declaró el año 2009 como el año de la juventud. Me hago eco de ello, no porque extrañe a la vieja Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sino porque pienso que la única esperanza que le queda a mi magnífico país, es que, las y los jóvenes nos decidamos ¡Ya! a construir “La Otra República Dominicana, la que merecemos”.

Se que es osado pretender construir un nuevo país frente a un escenario de crisis económica mundial, desesperanza, corrupción, impunidad e injusticias, pero históricamente sólo en momentos de crisis surgen grandes ideas y soluciones.

Por la gran depresión del 1929, surgió la Teoría Keynesiana, la cual se fundamentó en un modelo económico que se ejercía mediante una política fiscal de Estado. Keynes rompió con la teoría clásica de la mano invisible que lo regulaba todo.

Claro está, el contexto hoy es distinto, tenemos un mundo globalizado e interdependiente y plantear una vuelta a los proteccionismos y nacionalismos extremos, es en sí mismo un retroceso. Debemos ser más creativos e innovadores.

Las crisis son cíclicas y tienen culpables que deben ser sometidos a la justicia. La moraleja que nos dejó a las jóvenes generaciones aquella gran depresión, es que no puede haber borrón y cuenta nueva. Parece que no la hemos aprendido.

Insisto, si como jóvenes no jugamos nuestro rol histórico de cambiar la pedregosa ruta en la que nos llevan un pequeño grupo de politiqueros, mañana estaremos quejándonos de los mismos problemas de hoy elevados al cuadrado. ¡Ay que empoderarse!